Recuerdo la ternura de sus manos grandes y ásperas después de mucho trabajar en el taller donde pasaba la mayor parte de su jornada laboral.
Recuerdo verme sentada en sus rodillas, celebrando su regreso y tocando con mis pequeñas manos su rostro, mientras titubeante trataba de decir todas y cada una de las partes de su cara morena, sonriente:
—¿Cómo se llama, nena? A ver si lo recuerdas...— me preguntaba mi madre expectante.
Yo miraba a mi padre atentamente y él me sonreía desde esa altura inconmensurable que tienen los adultos frente a los niños de corta edad.
Estábamos en la cocina, él venía de trabajar y mi madre estaba terminando de preparar la cena, pero también tenían tiempo para mí y el resto de mis hermanos que ahora estaban jugando en la sala de estar.
Yo entonces me concentraba, fruncía el entrecejo intentando encontrar la respuesta correcta a la pregunta y mis padres aguardaban expectantes.
—Titi...titi...— respondía yo enseguida feliz por haber dado con la respuesta.
Se sonreían y mi padre me acariciaba la cabeza que en aquel entonces era de color castaño claro, casi rubio.
Y sí, claro que me entendían; quería decir nariz, por supuesto.
Ellos asentían entusiasmados intercambiando miradas de complicidad y orgullo mal disimulado.
Y entre acierto y error, risas y cosquillas nos pasábamos aquellos preciosos minutos.
Porque después papa tenía que cenar y nosotros teníamos que ir a la cama.
Y me sentía tan feliz.
Porque sentía mi corazón pequeño inundado de luz y satisfacción por haber demostrado mi sabiduría infantil de tres años y medio.