domingo, 22 de enero de 2012

Y ella se peinaba a la luz del atardecer

 
Mi abuelo un hombre menudo, delgado, de voz amable y mirada del color de las avellanas, me sentó en sus frágiles  rodillas aquella tarde de principios de primavera.

Y después de pelarme una manzana con la navajita que había sacado del bolsillo de su pantalón gris, tras limpiarla con esmero bajo el agua del grifo de la cocina del segundo piso de la casa familiar, sonrió y muy pacientemente empezó a narrarme la historia por la que llevaba  esperando toda la tarde.  

Carraspeó, pues fumaba mucho y tras aclararse la voz me  contó la leyenda que atesoraba nuestra familia. 

Se trataba de una xana, una criatura sobrenatural de belleza perturbadora que salía todas las tardes a peinarse su cabello dorado con los rayos mortecinos del sol. Su hogar se hallaba en la misteriosa cueva de rocas calizas que llevaba su nombre, de ahí nacía un riachuelo de aguas puras y cristalinas, que pasaba justo delante de la casona de nuestra familia.

Mis ojos, siempre muy abiertos, estaban fijos en su cara:
¿Y se peinaba con un peine de oro, buelito...?

Mi abuelo era un hombre entrado en los setenta años, había luchado en la guerra civil, en la batalla del Ebro y había sobrevivido. Nunca nos había contado lo que había visto, ni sufrido. Siempre se preocupaba por que no nos enfermáramos, ni cogiéramos frío. Las temperaturas solían bajar al caer la tarde. 

Sí, Decía él mirándome con ternura Y toda ella, va adornada con joyas de oro, mi santa.

Yo le daba un mordisco a la manzana sin entender, atenta a la explicación de mi abuelo.


Él se reía  entonces y me revolvía el cabello. Ahora lo llevaba corto porque siempre se me enredaba y mi madre no tenía tiempo para peinármelo. 

Después mi abuelo, me miraba con atención y terminaba la explicación empleando un tono misterioso.

Porque las xanas, guardan muchos tesoros en las profundidades de la cueva donde viven. Y esperan a que alguien venga y las desencante.Me susurraba después cómplice.

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